En esta ciudad el calor húmedo se pega a la piel. Pero no como cualquier otro calor húmedo. Aquí los niños juegan a despegárselo como quien se despega la capa de cola de pegar de los dedos. De noche una mezcla extraña de luces naranjas, silencio y basura, hace que se encojan los ombligos, pero de vez en cuando aparece una plaza con sonidos de jazz y de gente hablando en todos los idiomas y te invita a una caipirinha, o algo así. La gente te persigue. Los vendedores lo hacen por oficio, los paisanos, por sangre. Y es que debe ser que la sangre que corre por las venas de los bonaerenses más que correr salta, y habla, y pregunta, y grita. Y al hablar agita los dedos en racimo como los italianos. De ahí que sea normal ser perseguido por un argentino que no necesariamente tiene que estar bailando tango. Digo no necesariamente, pero es algo que suele pasar.
Y es que el caminar de la gente tiene algo de tango. Y también de claqué, y de flamenco. La alegría del andar y el entusiasmo del hablar, eso sí, se compensan con el gris de los edificios y el marrón del río. Ese río que esconde en su horizonte a Montevideo, como si fuera el fugitivo que escapa de los candados de cemento de esta ciudad, la de la furia.
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